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domingo, 5 de septiembre de 2010

De donde nace la lluvia


La mañana era fría y una niebla cerrada no permitía ver la cumbre de la montaña.

Aquí abajo apenas se sentía el viento; una atmósfera húmeda con olor a tierra mojada y a lo lejos el rumor del agua.

Los abuelos cuentan que de esta montaña nació la lluvia; todas las nubes que riegan nuestros campos comienzan su camino aquí, donde el tiempo parece quedar atrapado entre las moléculas de niebla.

Hombres y mujeres vienen al corazón de la montaña para pedir buena fortuna, serenidad; los enamorados llegan para vivir juntos ese momento.

Así fue como comenzamos a subir, la procesión va siguiendo el camino del agua. Si uno pone atención, detrás del correr del río se escucha la respiración relajada y constante de la comitiva que se abre camino entre la vegetación. Si uno se queda quieto por un momento, el rocio lo cubre y ya uno parece una planta aperlada.

El camino es complicado, se habrá de cruzar sobre ancestrales derrumbes de troncos, cruzar una y otra vez la corriente que fluye monte abajo y trepar a lo largo de las escarpadas paredes que forman las primeras cascadas, tiernas y modestas.

Después de un largo rato uno llega a la última cascada. El agua rompe en cada una de las rocas que sobresalen de la pared que se pierde en las nubes. Cada roca separa la corriente de agua en destellos cristalinos, de diamante. Los destellos se rompen en miles de partículas de vapor y brisa y rocío.

Una fina lluvia refresca nuestros rostros maravillados.

viernes, 2 de abril de 2010

Los días pasaban

Ambos amaban el bosque, pero por mucho tiempo no regresaron.

Casi sin darse cuenta, se alejaban recorriendo la rivera, siguiendo el rumor del agua corriendo ligera, tomando el sol o bañandose. Las noches se fundían con historias de sus aventuras, con sueños pasados, con recuerdos alegres de ese mismo día; ninguno de los dos podía decir exactamente en qué momento dejaban de mirar las estrellas para mirar las maravillas inconexas de los sueños.

Era un ir y venir constante pero imperceptible. Tampoco se dieron cuenta cuando se alejaron del cauce del río, llegando a una planicie llena de flores y algunos árboles aislados que daban buena sombra. Cocinando con lo que hubiera a la mano, el momento de la preparación se alargaba con juegos, hablando de las novedades del momento. Siempre había algo sencillo pero delicioso, con olor a ajonjolí, hierbas, naranjas o pimienta.

Pasaban mucho tiempo en un pueblo donde se presentaba una historia diferente cada noche en la plaza. Con algodones de azúcar, elotes asados y gorditas de chicharrón todas las señoritas y parejas asistían al evento nocturno. Historias de amigos, de luchas, de aventuras, de cómo se ve la vida, de asesinos, de amor. Ellos llegaban poco antes de la función montados en caballos pequeños y juguetones, se sentaban en el borde de la fuente y miraban absortos cada escena, ella recargada en su hombro, él tomando un taza de chocolate caliente.

Para ellos los días pasaban constantes, siempre diferentes y jugosos. Para ellos, la vida era un caminar por el mundo, siempre mirando, siempre saboreando.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Qué bonita se veía la ciudad de noche

El avión aterrizaba en una noche fría de noviembre. Mirando a través de la ventanilla el placer por lo desconocido volvía a llenar su corazón de energía, la promesa de nuevas experiencias se reflejaba en sus ojos. Y sin embargo un escalofrío de terror corría por su sangre. Este mundo sería muy distinto al suelo en donde creció.

Se decía en su tierra que aquéllos que volvían eran incapaces de conciliar el sueño, ahí donde las noches eran en verdad oscuras y uno tenía que confiar en que el sol volvería a salir para iluminarlo todo al día siguiente. En las grandes ciudades todo el mundo se ocupa con ahínco de llenar el vacío con luz, en el fondo carecen de la certeza de que el vacío no puede extenderse. Por si las dudas montan guardias y ponen en marcha aparatos que al día siguiente darán cuenta de lo que sucede (por lo general, nada) durante su sueño. Qué bello, en cambio, sentir la confianza de caminar largo rato durante la noche, caminar por la alameda del pueblo sin necesidad de abrir los ojos (por que lo mismo daría), y saber que uno pasa al lado de aquéllos lugares tan bonitos a la luz natural: la fuente, un mercado, el balcón de la mujer amada.

Allá en el pueblo la última imagen que uno conserva del día es el atardecer y algunas flores cerrando sus pétalos. Entonces uno sí que percibe con todos los demás sentidos, los secretos que la luz opaca se revelan en todo su esplendor. Los sonidos se hacen más suaves, pero a la vez más claros, algunos pueden escuchar el estado de ánimo de los que están a su lado y cómo el viento lo revuelve todo, cómo la tierra misma se va adormilando. El mundo también descansa de los hombres. Otros son capaces de distinguir el olor de cada día, en enero huele a romero, algunos días de primavera huelen a canela y cuando es otoño las noches se llenan de la esencia característica de las hojas doradas que se desprenden. Y todos tienen la capacidad de distinguir claramente la distancia entre ellos y los objetos que los rodean, es como si sus orejas también fueran sensibles a las pequeñas vibraciones de todo cuando existe.

Él solía dormir con las ventanas abiertas para seguir en contacto, aún en sueños, con la plaza y los jardines. En cambio, en esta nueva cuidad al principio tendría que usar gruesas cortinas para que la luz de los espectaculares y los monumentos no afectaran sus cualidades nocturnas. Pero dicen que hasta el más arraigado cede al final a las noches agitadas de la ciudad, que tarde o temprano cambian sus apacibles paseos nocturnos por otros en donde más que dejarse sentir el mundo se preocupan por confirmar que las cosas siguen ahí donde el sol las dejó.

Ella estaba segura de que él no cambiaría todos sus demás sentidos sólo por la comodidad de ver también entre sol y sol. Pero él ya salía entusiasmado del aeropuerto, qué bonita se veía la ciudad de noche...


viernes, 24 de julio de 2009

Sus alas parecían diamantina

La chica venía de otro planeta, en él los seres poseían alas fabricadas con hilo de algodón de azúcar, impermeables, pues tenían que resistir a los largos chapuzones que tomaban en las lagunas que reflejaban siempre la luz de la luna. Porque en ese sitio siempre era de noche, y una luz fresca y plateada cubría toda la extensión, casas, campos, caminos...

Las alas servían, no para largos viajes, sino para flotar y poder sobrevolar los lagos sintiendo el agua fría sólo en la punta de los pies. Y cuando había luna nueva y el calor de las estrellas era insoportable se reunían en los patios y las plazas para abanicarse unos a otros, mientras unos cantanban, otros tocaban instrumentos y todos participaban en danzas para llamar a la luna.

Lo mejor era verlos reir... Sus alas comenzaban a dar destellos de diamantina. Y poco a poco se volvían transparentes como la película de las burbujas. Si se trataba de una gran sorpresa, fosforecían como luciernagas...

Se mantenían ocupados recorriendo los alrededores, buceando para encontrar tesoros debajo de las algas lacustres. Hacían competencias para ver quién podía correr más rápido o permanecer flotando de cabeza más tiempo.

Pero llegó el día en una gran sacudida despertó a la chica, su compañera había desaparecido y en un instante se vio con las alas rotas... jamás volvió a ser lo mismo... Después de mucho tiempo decidió dejar su lugar natal, al que ya no pertenecía y comenzó el viaje, en el que sin saberlo, le esperaban sorpresas maravillosas!

domingo, 27 de julio de 2008

II, tercera semana

Por fin llegamos a una ciudad, la más hermosa que se ha visto jamás. Todo está construido con las más finas gotas de rocío cristalizado. Los habitantes son ligeros y frescos como el agua.

Como en una tierra de mudos, nada se oye, pero se puede percibir la alegría que viven todo el tiempo. Grandes conversaciones se mantienen entre una multitud de seres muy bien organizados y nada se escucha pero se puede sentir la risa ligera y sincera de las doncellas que van y vienen en sus diligencias.

Es como si todo el tiempo se estuvieran preparando para un gran carnaval, un carnaval luminoso y ligero y transparente. Aquí nunca se hace de noche, o más bien, el último rayo de luz sigue yendo y viniendo, incansable, reflejándose en los cristales de la ciudad hasta que llega la nueva luz del amanecer.

Extraño las estrellas.

miércoles, 25 de junio de 2008

El ultimo destino

Se trata de un lugar, lejano de cualquier ciudad conocida. Quien ha llegado se da cuenta que no es jardín, ni selva, ni bosque y sin embargo la sensación de vida y calidez te rodea.

El olor inconfundible a tierra mojada, el sonido de agua que continuamente va de un lado a otro... de dónde proviene? No se ve nada, cuando llegas lo único que queda es el sonido y los olores que te rodean.

Pocos vuelven de este viaje maravilloso, sea porque dejaron olvidado a un ser querido y regresan para para guiarlo al nuevo edén que han encontrado. Su testimonio nos hace saber que ahí no se siente uno pesado, no se está sujeto a la tierra y no podría decirse que haya una dirección definida, un lugar que sea el centro o que sea el final.

Y cómo no habría de ser, si cuando cruzas la frontera tan sólo eres un suspiro de sentimiento que percibe más finamente cada detalle de ese universo.